Volvíamos
mi sobrina y yo de una visita turística cuando nos hemos parado a saludar a un
vecino, que venía con su carretilla llena de leña. Después de preguntarnos por
la salud y esas cosas, dice “¿Sabes?, Flander murió el lunes”
Flander
era su perro, parecido a un teckel pero con el pelo largo. Era sociable pero no
era pesado y se ponía contento cuando me veía. Me gustaba verlos pasear juntos
como una pareja de amigos bien avenidos.
El hombre
me contaba que sin Flander la casa se le venía encima. Me ha enternecido y le
he comprendido.
Todas las
personas que hemos tenido mascota alguna vez y ha muerto, nos hemos sentido un
poco huérfanos, como si hubiera sido un amigo. Y eso son los animales que viven
con nosotros: nos quieren, nos aguantan, se entristecen cuando nos vamos y se
alegran enormemente cuando volvemos. Comparten nuestra vida y nuestra soledad.
Alguno
pensará “¡Claro, porque les damos de comer!”, pero ¿Qué amigo aguantaría todo
el día a tu lado tu malhumor, tu dejadez y todas tus miserias a cambio de que
todos los días le dieras de comer lo mismo? Sí, estoy pensando en que ya ni
siquiera les damos las sobras o le hacemos arroz con algo, sino ese pienso
reseco, equilibrado y con un olor asquerosito.
In
memoriam de Flander, Thor, Guti, Coco, Wanda, Canela,… que nos hicieron la vida
más agradable y más humana.
¿Y que me dices de esas mascotas pequeñas que se mueren tan a menudo como son los peces? Mi hijo tenia una pecera, comprábamos peces bonitos, como los guppys, llenos de colorido, con aletas maravillosas, todos diferentes, les cuidábamos, que si la comida, el ph, el musgo, las piedras, las plantas, la luz, y cada vez que se moría uno para mí un disgusto, en una servilleta de papel, a la basura, y a comprar otro, menos mal que se llevó la pecera, la tiene guardada o la habrá dado, que sé yo, no quiero saber nada de animales, y tengo que reconocer que me gustan.
ResponderEliminarLas personas de cuatro patas, dos orejas, rabo y mas o menos pelo, tenemos una psicología muy simple, escuchamos y atendemos sin otra contemplación (aunque no lo parezca a veces) y afortunado es nuestro solitario interlocutor
ResponderEliminarmuchos lametazos
Decir que a mí, mis nuevos amos, me sacaron de una jaula, grande, pero jaula, para ofrecerme toda una parcela, casi todo un monte.
ResponderEliminarConseguí con unos pocos lloros, y por que me enamore de mi ama (sexualmente), compartir mi vida con una gordita llamada Fofa. Fuimos padres de siete churumbeles que están repartidos por toda la geografía Española. Ya no estamos aquí pero me acuerdo mucho de mis amos y amitos, y se que a ellos les pasa lo mismo.
Los perros son maravillosos.Cada persona tiene el perro a su medida, y se parecen.
ResponderEliminarte entiendo perfectamente. La foto me recuerda enormemente a una perra que yo tuve. Se llamaba Chusca y aun hoy en dia me entristezco al recordarla. Vivia con su pareja, Nelson y tuvieron siete preciosos cachorros. Me quede con una que la pusimos Maty en tu honor. Los tres murieron y con ellos un poco de mi.
ResponderEliminarSigo. En una ocasion tuve un perro que se llamaba Tarik. Lo compre con un decimo de la ONCE que me toco. La primera y ultima vez que me ha tocado algo. Al cabo de poco tuve un hijo y las chicas que queria contratar para cuidarle tenian miedo a los perros.
ResponderEliminarLo regale a un señor de pueblo que me dijo que lo cuidaria.....
Cada vez que pienso en el me duele el alma. Y no quiero ni pensar si fue feliz o no. Siento culpabilidad.
He tenido varios animales, entre ellos por supuesto perros, son cariñosos, alegres, aguantan el estado de animo en el que estes, siempre están dispuestos a quererte, y a demostrarte su cariño. lo peor es cuando se van, lo que se siente solo lo pueden entender los que tengan un perro. Son esos grandes amigos desinteresados que te están esperando en casa para siempre recibirte de buen humor. ¡Cuanto tendríamos que aprender de ellos¡¡¡¡
ResponderEliminarYo tuve una gata, que resultó ser un perro disfrazado. Se llamaba Coco, y fue mi primera relación con un gato, que hasta ese momento pensé que no me gustaban. La quería, la cuidaba, la mimaba...y ella a mí también; y cuando nació mi primer hijo también le cuidó a él..
ResponderEliminarCuando estaba embarazada de mi segundo hijo, un vecino (cabr..) la atropelló en la puerta de casa.
Ahora, cuando mis hijos me permiten el lujo de levantarme sola y tomarme el primer café tranquila, me siento en el sofá y me acuerdo mucho de mi gata, de cuando desayunabamos tranquilas, ella subida en mi regazo, yo tomándome un café, acariciándola y disfrutando del momento.
Yo recuerdo perfectamente el primer y penúltimo perro que tuvieron los jefes de la tribu, después vino la numerosa familia de honor. Se llamaba TIBI, que significa en latín “Para ti”, se lo regaló Papá a Mamá creo que cuando todavía no había nacido ningún hijo. Se trataba de un Cócker Spaniel, de pelo negro rizado, hijo de una cócker de los abuelos Salvador y Eva, que había salvado a algún montañero bajo la nieve y era una excelente nadadora a la que la gustaba tirarse a la piscina desde el trampolín (¿Se llamaba Yola?). Pero retornando a nuestro TIBi, hay que decir que, aunque tenía su carácter, no se le conoció ninguna heroicidad, ni deporte destacable. Casi se comió a la mayor de las 5Amigas cuando un día, gateando, se la ocurrió meterse bajo una cama donde se encontraba el perro. El jefe, que ante los animales nunca se arrendró, además de reprenderle, le dio su merecido castigo.
ResponderEliminarNuestro traslado a la sierra para pasar el verano era un espectacular viaje. Se adelantaba la llegaba a nuestra casa de Madrid, en Reina Victoria 33 del camión de” La Tabanera”, para trasladar enseres, cacharros, camas y al TIBI atado con una cadena como vigilante de nuestras pertenencias, hasta la casa alquilada a Esteban Redondo y Pilar Palacios en Collado Mediano para pasar el feliz y largo verano.
Allí, muchas mañanas, nuestra chacha nos sacaba de paseo, y nos acompañaba TIBI. Nada más salir de la casa, el canino espantaba a las gallinas de la calle que picoteaban el suelo. A continuación, en un alarde de velocidad, con sus enormes orejas hacia atrás, nos rodeaba. Nos reíamos, y desaparecía. Seguíamos nuestro camino, entonces campestre, comiendo pipas hacia el hotel Mari Carmen y, ¡Alegría! TIBI nos estaba esperando en la puerta del chalet de nuestros abuelos. Nos encantaba verle así. En ese momento, instrucciones; “fuera pipas, que el abuelo no quiere que se coman pipas en su chalet” ¿Cuál sería el motivo?¿Sería para no alimentar a las hormigas?- Nunca se supo, y en nuestra bisoñez infantil nos parecía incongruente que el abuelo, un verano, hubiera plantado toda una jardinera con girasoles y nos regalara sus flores. ¿?.
La única que podía bañar a TIBI era mamá. Tan guapa, a eso de sus 30 años, se remangaba, amarraba al TIBI a un árbol, una palangana, jabón Lagarto, y manguerazo o cubazo. El can, seguidamente con estrépito se sacudía y nos salpicaba a todos los niños espectadores. A continuación, un rato largo al sol para secarse pero, eso sí, con sus grandes orejas sobre la cabeza unidas con una pinza.
Aspiraba TIBI, como su dueño, a ser un buen cazador pero, al igual que él, nunca consiguió el título. Jamás llegaron con trofeos, siempre volvían de vacío. Pero nos contaba Papá que lo había pasado muy bien en su compañía: TIBI divisaba lo que cualquiera podía ver; un conejo en el campo sentado. Se acercaba, se tocaban el hocico y, cuando se reconocían, aterrados ambos salían escopetados en dirección contraria. TIBI se refugiaba a los pies del cazador.
ResponderEliminarYo recuerdo su último día. Fue un 12 ó 15 de Agosto. Se celebraba en el jardín el cumpleaños de un joven Papá y en la mesa familiares y amigos. TIBI, como uno más, al lado de la mesa recibiendo cariño y comida de muchos comensales. –“Con esos ojitos tristes, con esas orejas caídas… ¿quién se le resistiría?. Yo no quiero acusar, pero el abuelito Evo era el que más le daba de comer.
Por la noche recuerdo dormirnos con los aullidos estremecedores de nuestro TIBI. A la mañana siguiente nos contaron que Papá se había llevado al TIBI muerto, en un saco, para enterrarlo en el monte, en “El Alcornoque”. Volvió muy triste, nosotros también lo estábamos porque fue la primera vez que fuimos conscientes de que alguien, nada menos que un amigo, había muerto. Nuestro querido TIBI.