Una vez
viví en un trozo de paraíso. Aquél lugar era mágico: silencioso, con una luz
maravillosa que se filtraba entre las hojas de los robles y castaños, el suelo
mullido y lleno de helechos. Desde allí no se veía ninguna casa, ninguna luz.
Aunque estaba en la falda de una montaña siempre tuve la sensación de vivir en
una isla.
De vez en
cuando oíamos la esquila de alguna cabra y, después de un tiempo, conocimos al
cabrero. Aunque las cabras pasaban a muy poca distancia el cabrero era como un
duende y no lo veíamos. Fue él quien apareció un día de repente: “¿Qué hacéis
aquí? Esto tá mu alejao, ¿no tenéis mieo aquí solas? Yo soy Luis el cabrero”.
Era
pequeño y delgado y nunca se sentaba. Se apoyaba en un palo y miraba a mi amiga
M. Venía todos los fines de semana cuando pasaba por allí. A veces nos dejaba
una bolsa con pimientos en la puerta. Cuando no estábamos vigilaba y nos daba
“el parte” cuando volvíamos. Fue él quien nos llamó por teléfono cuando un
vecino h. de p. nos quemó el material preparado para el tejado una Nochebuena.
Era el
último cabrero de esa zona y gracias a sus cabras el bosque estaba limpio como
un jardín. Conocía el monte como su casa Una vez M. perdió un anillo de su
abuela que siempre llevaba. Un día apareció Luis y le dio un paquetito muy bien
envuelto: “Esto spá ti”. M. me miró y al verlo dijo “¡Ábrelo chica!”. Era el
anillo, lo había encontrado andando por ahí.
M. y yo
nos reímos pensando en la de veces que nos habría visto en pelotas lavándonos
en el manantial. Desde que se presentó nos lavábamos en casa.
Cuando
nos fuimos se puso triste. Al poco tiempo llamó a M. para decirle que dejaba
las cabras para trabajar en una fábrica.
Ya no se
puede pasear por el bosque. Ahora es una especie de selva inextricable.
Las cabras y el obrero compañero pide al gobierno de la nación, que por favor haya una ley para restituir al cabrero a su antiguo oficio
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