Aquella mujer me estaba poniendo de los nervios.
Acababa de sentarme cómodamente en mi butaca del AVE, había
sacado el portátil, puesto una peli intrascendente y colocarme los cascos
cuando se sentó a mi lado.
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Creía que no me daba cuenta, pero sé que intentaba ligar
conmigo.
Todavía llevaba en el bolsillo la navaja llena de sangre de
la fulana que había intentado un acercamiento en la estación. La seguí hasta
donde ella me dijo, una esquina del fondo del jardín de la estación, y allí
mientras ella hurgaba con mi cremallera del pantalón la corte la yugular.
Mientras se desangraba me miraba con ojos interrogantes y la dije al oído: “eres una guarra de mierda”.
Me gustaba la sensación de triunfo al verlas dejar de respirar y ahora esta con
pinta de novatilla estaba intentando insinuarse.
Me metí la mano en el bolsillo palpando la navaja.
En ese momento se levantó y se fue hacia el restaurante.
Quizás creía que la iba a seguir, pero no, me quede en el asiento, y la que se
levanto fue otra mujer que había al otro lado del pasillo. Me pregunto si no
será lesbiana.
Cuando llegamos a nuestro destino, la del otro lado del
pasillo, se levanto presurosa, recogió sus cosas y se fue. Mi vecina de asiento
recogió un libro que la otra había olvidado y se asomo a la ventanilla para ver
si la veía. No sé que vió, pero su cara me recordó a la mujer de la estación:
sorpresa, estupefacción, terror.
Me levanté, y con una sonrisa y acariciando la navaja de mi
bolsillo, le pregunté:
¿Tomamos una copa?
Firmado: “tú la A,
yo la Z”

Gracias por avisarme, pero ya tengo un buen lío con mi marido como para intentar liarme con el de la navaja.
ResponderEliminarYa me lo decía mi madre. No te fíes de ningún hombre, todos van a lo mismo, a quitarte la vida de una forma u otra.
ResponderEliminar¡Yo no sabía que estaba casado! Mañana le dejo.
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