Desde pequeño, como todo el mundo, soñaba por la noche, pero
él los recordaba nítidamente.
Los contaba en el colegio, era la atracción cuando decía
“hoy he soñado que nos íbamos de excursión en el autocar azul del colegio…”
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Creció y siguió siendo el protagonista. En cuanto se sacaba
el tema de los sueños, todos querían que se los contasen, y él era muy
simpático y ameno. “Hoy he soñado con unas tías, y tú, Fulanito, te las querías
ligar…”
Se casó y su mujer esperaba sus sueños. Unos eran divertidos,
otros de aventuras, de miedo, de penas, como todo el mundo, pero como he dicho
anteriormente, los recordaba con todo lujo de detalles.
Pero llegó un día que empezó a verlos borrosos, creyó que
sería al pasajero, pero pasaron los días y cada vez peor, su preocupación fue
en aumento. Su carácter cambió, comenzó a estar triste y malhumorado. Lo que
para él era un placer, la hora de dormir, se convirtió en un suplicio.
Comenzó a tomar café, té, coca cola, para estar despierto.
No se acostaba, veía la televisión hasta altas horas de la noche, trabajaba,
hacía manualidades, salía a correr, y cuando no podía más se metía en la cama o
se quedaba dormido en cualquier sitio. En más de una ocasión estuvo a punto de
tener un accidente de tráfico.
Sus relaciones empeoraba día a día, siempre enfadado,
crítico, todo le sentaba mal, nunca estaba contento.
Su pareja puso fin a su matrimonio, no había modo de vivir
con él.
Pasó el tiempo, y una mañana hablando con un cliente, este
le comentó que él, antes de dormir, leía un rato en la cama para relajarse.
Cuando llegó la hora de irse a dormir se acordó de lo que le había dicho y
pensó “A lo mejor esto me ayuda”. Cogió un libro, las gafas y se metió en la
cama, estuvo leyendo hasta que sin darse cuenta se durmió.
A la mañana siguiente se levantó, y se dio cuenta que
recordaba el sueño de esa noche claramente. No se lo podía creer.
Creía haberse recobrado pero la noche siguiente hizo lo
mismo, se puso a leer, cuando vio que se dormía, dejó las gafas y el libro y se
durmió. Pero esta vez siguió viendo los sueños borrosos.
Así pasaron muchas noches, unas las recordaba otras no,
hasta que pensando y pensando se dio cuenta que cuando se dormía con las gafas
veía los sueños y sin ellas no.

GENIAL.
ResponderEliminarGracias, intento esmerarme.
EliminarJunio, es una historia preciosa, y muy natural. Yo casi nunca recuerdo los sueños ¿que debo hacer? ¿desmaquillarme? ¿cambiar de almohada? ¿roncar menos? Dame una solución por favor
ResponderEliminarPrimero ponerte las gafas, y luego estar atenta. Mil gracias por tu comentario, se nota que nos lees mucho.
EliminarTendré que ponerme las gafas mas a menudo, relato original y precioso, lo que tengo que pensar si serán (las gafas) del lejos o de cerca, según, haré lo que mas me convenga........ ya te contare mis sueños............
ResponderEliminarPuedes ponerte las gafas progresivas así no tienes problemas. Y no dudes en contarme tus sueños. Gracias por estar ahí.
EliminarMe ha encantado. llevo lentillas ¿qué hago?
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